Las “casualidades” – música para el alma


Este artículo fue escrito por mi hija Andrea una semana después que mi papá, su abuelito alzara su vuelo a lo alto. Han sucedido tantas cosas “especiales” desde ese día que quise compartir algunas de ellas con ustedes porque son historias sencillas, pero que llenan el alma! Mi papá siempre nos mostró las constelaciones del cielo y por esa razón puse el dibujo de Las Pléyades.

Ésta semana, además de muchos cambios perdí por horas cosas importantes… La tarjeta de circulación del carro y mi anillo (ya se imaginarán cuál)… Como también se imaginarán pude volverme loca… Nos dimos cuenta que perdimos la tarjeta hace un par de días y a pesar de darle vuelta a toda la casa y el carro, no la encontramos… Mi anillo fue hoy en la mañana que no lo pude encontrar… Sólo ha
y cuatro lugares donde lo dejo al quitármelo: en el mueble de mi cuarto cuando me lo quito para ir a dormir, en la repisa del baño cuando me voy a lavar las manos, sobre el microondas cuando voy a lavar platos y en un espacito de la puerta del carro cuando me maquillo mientras voy manejando (por favor no intentarlo en casa). En ninguno de los cuatro lugares, ni en muchos más que busqué lo encontré… Mi miedo era que se me hubiera zafado del dedo y no me hubiera dado cuenta, pues si me han visto en los últimos días he adelgazado un poco y ahora el anillo me queda flojo…

Hoy cuando regresé a la casa, me decidí buscar ambas cosas porque 1. No podía perder el anillo y 2. No quería ir a hacer taaantos trámites por haber perdido la tarjeta de circulación.

Luego de buscar por toda la casa por un buen tiempo, el sonido de uno de mis jueguitos del celular sonó indicándome que ya los tomates que habían sembrado mis pitufos estaban listos o que Ned Flanders había terminado de leer la biblia… Luego de revisar las nuevas en los juegos del celular me quedé revisando facebook, me pareció un buen momento para enterarme qué pasaba en la vida de otras personas…

Lo primero que encontré fueron un par de posts de mi tía Paty, dos escritos de Lelo, mi abuelo que hace pocos días se nos adelantó en el camino… Después de maravillarme con lo actual de sus palabras y el mucho sentido que las palabras que escribió en el 93 hace ahora, encontré un post que la Tuti había “posteado” más tarde… Colocó un link que llevaba a uno de sus blogs, precisamente el que escribió hace algunos años por éstas fechas, sobre mi abuelo, precisamente por su cumpleaños 91 (o 19… Quién sabe) no pude evitar derramar unas cuantas lágrimas al pensar en mi lelito y en las bromas y sonrisas que encontré tanto en las palabras de mi tía y en las de mi hermana… Bromas y sonrisas de mi abuelo…

De pronto, por mi cabeza se atravesó un pensamiento y entre lágrimas y sonrisas me escuché diciendo en voz alta y como quien reclama luego de haber sido víctima de una broma: LELO!!

Pasadas las lagrimitas y unos cuantos minutos me decidí continuar con mi búsqueda… Tratando de recordar qué había usado o qué había movido en los últimos días, me encontré revisando las cajitas de mis collares y aretes… Pensé: ésta semana usé aretes negros… Abrí la gaveta de las “joyas” negras y… Nada… (Sí, tengo mis joyas guardadas en gavetitas clasificadas por color… Por más obsesivo que suene, así las guardo y me funciona). Busqué en los plateados y luego recordé que antier usé un collar de amatistas, así que abrí la gaveta de morados… Y ooooohhhh sorpresa!!! Encontré mi anillo!!!! Fui feliz porque era imposible que perdiera mi anillo! Mi anillo de compromiso!!

Feliz con el éxito de la búsqueda me dediqué a otras cosas por un par de horas, pero al terminarlas, me entró de nuevo el estrés de estar manejando el carro sin tarjeta de circulación… Así que aprovechando mi inusual despavilamiento, me dediqué a buscar otra vez… Después de contarle la tragedia de la tarjeta a mi mamá y pedirle que me chequeara dónde podría estar, me dediqué a buscar más profundamente en los tres cuartos que me sugirió que buscara: el comedor, la sala y el estudio…

En la sala y el comedor fue relativamente fácil buscar, pues no hay muchos lugares donde poder guardar cosas… Pero el estudio… Ooooh diooos… Es un cuarto donde guardamos toooodo lo que no queremos en otros cuartos, y en realidad no lo tenemos muy ordenado que digamos… Me decidí a hacer una última búsqueda moviendo y buscando en las cosas que tenía en mente que había usado en la última semana, moví cajas, bolsas y papeles… Para mi segunda sorpresa del día, moví unas bolsas plásticas vacías y debajo ví tres libros… Uno que traje de la casa de mi abuelo luego que falleciera, cuando nos pidieron a los nietos que buscáramos algo que nos gustaría guardar de la casa de mis abuelos. Los otros dos libros: uno de Julio Verne y el otro, un tomo de una recopilación de cuentos clásicos que compré hace unos 7 años.

Como la Paty y la Tuti les contaron más temprano, a Lelo siempre le gustaron las historias; contarlas, escribirlas o leerlas, así que cuando mi tía me dijo que en mi próxima visita llevara algún libro para leerle al pie de la cama a mi abuelo, no dudé en escoger de mi modesta biblioteca algunas historias encantadoras: Julio Verne y El Libro Azul de los Cuentos de Hadas, uno de los tomos de una recopilación de cuentos clásicos que compré hace unos 7 años pensando en alguna vez poderle leer a mis hijos las historias que mi abuelo me contaba de pequeña.

Pensé en leerle cuentos a mi abuelo porque en su estado no necesitaba oír alguno de mis libros de política o alguno de Dan Brown… Y en realidad mi biblioteca no es mucho más variada… Además por su personalidad, de alguna infantil forma, los cuentos me parecieron perfectos para leerle en ese momento. En mi siguiente visita llevé los libros dentro de mi bolsa, pero la urgencia de ir a comprar medicinas al hospital no me permitieron leerle a mi abuelo un cuento o dos. Ya no hubo una siguiente visita.

Tomé los tres libros en mis manos y con cierta incredulidad empecé a pasar sus páginas como tratando de demostrarme que allí dentro no estaba mi tarjeta de circulación… Terminé el libro uno, pasó Verne también… Iba terminando el tercer libro cuando la sorpresa se apoderó de mí nuevamente… Y sí, adivinaron… La tarjeta de circulación!

Seguro luego de aquel día, saqué los libros de mi bolsa porque pesaban mucho y los puse bajo la guantera del carro, y de alguna manera, o Walter o yo guardamos sin prestar atención la tarjeta en la primera página del libro que después terminaría en el estudio bajo unas bolsas plásticas.

Seguro fue pura coincidencia y mucha suerte la mía de encontrar mis cosas perdidas el mismo día, pero para mí, encontrar la tarjeta en el libro de cuentos de hadas fue un pequeño susurro en mi oído: “señora ministra, gracias por leerme un cuento”.