Un caso compartido del perdón

mujer-llorando

Tuve un comentario de una paciente sobre los 2 artículos recientemente publicados del perdón. Con su permiso lo reproduzco y me tomo la libertad de recordarle algunos puntos clave que quizá, si los refuerza en su mente, le ayuden.

“Rosario, me parece excelente eso de que “si no juzgaras, no tendrías nada qué perdonar”. Siempre he creído básicamente en eso y en la teoría, muy acertada, que en esos artículos mencionas, pero me ocurrió algo que me sacudió las entrañas.

Te lo expongo resumidamente: mi ex, antes de serlo tuvo una amante por una docena de años o más y yo no me di cuenta (tonta o ingenua). Luego del divorcio conmigo, se casó con ella, quien ha cultivado buenas relaciones con mis hijos.

Por mi parte, me comunico con mi ex educadamente cuando hace falta, porque es el padre de mis hijos. A ella también la saludo cuando perdidamente me la he encontrado.

Según yo, todo lo he perdonado y de corazón, porque esto pasó hace mucho tiempo.

Resulta que hace poco entré a la casa de mi hijo, invitada para pasar la tarde con mis nietos. En la sala familiar, donde siempre ha habido una galería de fotos familiares, se destacaban 2 nuevas por su tamaño, donde mi ex con ella aparecían abrazados. No te imaginas lo que sentí, creí que me descomponía. Al regresar a mi casa lloré mucho, por más que me hacía a mí misma un sin fin de razonamientos. No pude volver a casa de mi hijo por un tiempo, alegando cualquier pretexto.

Contesto. Amiga: claro que cuando se nos hieren, la herida (aunque sea en el alma) es real, existe. Por eso es que aunque uno crea que ya perdonó, al volver a ver a la persona implicada en la ofensa, regresa el dolor y la ira.

No se trata de liberar al ofensor de serlo, éste sigue siendo ofensor; de lo que se trata es de liberarse uno mismo de un peso que, obviamente es difícil de soltar.

Por eso en los artículos anteriores escribía que perdonar era una “decisión”, no “un sentimiento”, porque no somos de cartón.

Pero, si de lo contrario, alimentamos a propósito la herida, se reducirá nuestra fuerza inmunológica y enfermaremos. Lo que es más, el ofensor ni se enterará.

Otra reflexión: ¿será que nos conviene perder nuestro estatus de víctima?

¿ante quién, por qué para qué?

Entonces, amiga, clarifica en tu mente qué te produjo la herida infringida, ¿soledad? ¿traición? ¿vergüenza? ¿abandono?

Quítale el poder a quien te hirió AMÁNDOTE A TI MISMA.

 

www.bioenergetica-radiestesia.com

más de 30 terapias de energía para sanar de forma integral